Letras con orgullo

Nuestra compañera Dafne, nos propone para este jueves un reto muy acertado para entrar al mes de Junio. Nuestra misión, escribir un relato que gire alrededor del mes del orgullo. He aquí mi aporte


De Sckyw 712


El futuro no está escrito, o eso dicen, aunque esto no se aplica a mi caso. Hubo momentos en que, si soy sincera, casi agradecí no tener la responsabilidad de elegir… porque, cuando tu vida ya está decidida, no existe esa responsabilidad.

Desde que tengo memoria, mi familia y la de Rodrigo han sido inseparables. Desde que mi padre y el suyo crearon su pequeño imperio textil, sus vidas se alinearon como si el destino tratara de entrelazarlas. Ambos se ensuciaron las manos para hacer crecer su inversión; juntos pelearon, conocieron en diferentes momentos a sus respectivas esposas y se casaron. Y después, naturalmente, llegaron sus hijos. Rodrigo y yo.

Nos criamos juntos, jugamos, nos acompañamos cuando nos sentíamos solos, compartimos la misma mesa, leímos las mismas novelas, fuimos castigados mil veces, regla en mano, por nuestras fechorías… Siempre nos mantuvimos juntos, y siempre se esperó de nosotros que en un futuro uniéramos aún más nuestras familias. Supe esto al cumplir los catorce años, cuando, en una cena, nuestros padres trataron el tema de las herencias, los terrenos y la prosperidad de su negocio.

A pesar de los obvios intentos por emparejarnos, nosotros jamás compartimos ese tipo de vínculo. No solamente era el hecho de habernos criado juntos, cosa que nos hacía sentir como dos hermanos que no comparten sangre, sino también otro motivo… Rodrigo tenía un secreto.

Recuerdo el día que me lo confesó. Lloraba desconsolado, casi sin entender él mismo lo que le pasaba. Me habló de una fachada que había creado para verse más fuerte, como «más hombre». También me habló de las tardes de deporte con los otros chicos y de su vergüenza en los vestuarios. Me explicó que conocía a un muchacho que provocaba en él un nerviosismo semejante al de quien se enamora. Con las manos tapando sus ojos me dijo que había algo en su interior que no era «normal», y yo lo abracé. Sin comprender muy bien qué ocurría, lo abracé.

Después de eso, frente a mí jamás volvió a esconderse. El tiempo fue pasando y Rodrigo pudo liberar una parte de su ser que con los demás no era posible mostrar. Esto fue difícil, porque todos esperaban algo de nosotros. Y, al final, el momento que tanto intentamos evitar llegó, y nuestros padres empezaron a presionar.

No es bonito recordar el momento en que, juntos, tratamos de plantarles cara a todos. Se desató una gran pelea y su padre lo golpeó, incapaz de comprender que su hijo solo era diferente en su forma de amar… Lo repudió. El vacío en la mirada de Rodrigo, quien de un momento a otro dejó de tener un lugar al que llamar hogar, me desoló

Durante muchos años no supe de él, ya que después de lo que pasó se fue lejos. Por suerte, un día recibí correspondencia suya y, al fin, volvimos a saber el uno del otro.

Ahora ya somos mayores, y los tiempos han cambiado mucho. Pensar en lo que tuvo que sufrir él, y tantos otros en su momento, me da pena. Pero cada junio veo a los jóvenes de hoy con esa bandera arcoíris sobre los hombros, sin tener que esconderse, y sonrío.




Comentarios

  1. Lindo teu texto e triste Rodrigo ter que enfrentar tudo isso, sem o apoio da família. Deve ter sido dolorido demais para ele e para todos.
    Que bom que o reencontraste, agora adultos !
    Belo depoimento!
    abraços, tudo de bom,chica

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