Cuestión de historias
Hoy vamos a tratar un tema que para muchas personas puede ser controvertido y, para otras, indiscutible. Todo esto gira alrededor de las historias: literatura, música, cine… Tres artes que, junto con la pintura, son renombradas, consideradas educativas y enriquecedoras. Todas ellas cuentan historias de las que podemos aprender e incluso crecer. Nadie lo duda, pero yo añadiría otro arte con el que ya no todo el mundo estará de acuerdo. ¿Qué hay del mundo de los videojuegos?
Esta reflexión me trae de cabeza desde hace tiempo, puesto que todas las artes que ya he mencionado me parecen importantísimas y, obviamente, están muy bien vistas. Sin embargo, los videojuegos siguen muy demonizados hoy en día. Si le preguntas a ciertas personas, te van a decir que no ven madura a una persona que, pasada la adolescencia, siga dedicando horas a jugar en una pantallita. Los padres —o muchos de ellos— te dirán que los videojuegos siempre llevan a la violencia, jamás al aprendizaje. Y yo, en mi impopular opinión, creo que no todo es blanco o negro, y que esto podría llevarnos a un larguísimo debate.
También os digo que no soy consumidora de todo tipo de videojuegos. Pero, en fin, el lector no consume siempre todo tipo de literatura, y al oyente no le gustan absolutamente todos los géneros musicales. Dicho esto, volviendo al tema, hablo desde mi experiencia con ellos y lo que he podido observar en las personas a mi alrededor.
¿Por qué no se puede considerar a los videojuegos con el mismo valor que tiene una buena película o un buen libro? Supongo que hay gente que realmente piensa que lo único que haces jugando es disparar a un blanco y, en ese caso, tampoco creo que se paren a informarse de si existen juegos con profundidad, con una banda sonora evocadora o, incluso, de si los hay que nos aporten algo positivo.
Y es que el tema tiene miga. Yo defiendo que hay historias que nos hacen vivir experiencias que pueden llegar a impactarnos. No puedo contabilizar las veces que he oído a otras personas hablar de aquel libro que leyeron hace un montón de años y que les marcó, de esa canción que les ayudó a salir de un profundo pozo, de aquella película que los lleva de viaje hacia algún punto de su vida cuando la vuelven a ver, o de ese videojuego que les sumergió tanto en su narrativa que les hizo identificarse como si lo vivieran en carne propia. Lo que une a estas temáticas tan diversas es lo que nos transmiten al experimentarlas. Nos cuentan historias que nada tienen que ver con nuestra vida, pero que se vuelven personales y nos hacen sentir una poderosa empatía.
A mí, que además me encanta escribir, me parece que una hoja en blanco es como un lienzo que puede llevarme a otro mundo; a la casa de una gran familia, a ponerme en la piel de un feroz animal o a mostrarle al lector una experiencia traumática contando la vida de alguien ficticio. Puedo ver paisajes, hacer que varios personajes interactúen, que reaccionen, que lloren o se diviertan. Y todo esto para finalmente llegar a manos de un lector que lo va a vivir. Va a experimentarlo y lo visualizará como si viera una película en su cabeza, o se imaginará a sí mismo pasando por la situación de una persona que al principio vivía solamente en mi imaginación. Lo que genera esto es, como digo, una experiencia que puede llegar a ser inolvidable. Quien lo lea recordará si le costó porque fuera una historia triste y muy dura. Recordará si se rio a carcajadas o si se sintió identificado con ese sentimiento que tenía el protagonista. En definitiva, vivirá esa historia, tal y como ocurre al leer un libro, al escuchar una canción emotiva, al ver una película que nos gusta o al jugar una partida inmersiva.
Eso para mí es puro arte, es casi como magia. Todo lo que es capaz de transmitir algo creado a partir de palabras, imágenes o sonidos es una vivencia que a veces nos toca profundamente, y eso nos lo llevamos por el camino de la vida.
Ese es el significado de mi reflexión, porque los videojuegos también consiguen esta magia de la que hablo. Se constituyen de mucho trabajo y arte visual, tal como una película; de música emotiva, dramática, terrorífica o épica; de personajes, muchas veces de increíble profundidad, con un pasado y un propósito. Poder recorrer en primera persona mundos abiertos, inmensos e imposibles, como si al leer tu libro de fantasía pudieras moverte a través de ese vasto bosque o subir aquella indomable montaña. ¿No es increíble? Ponerte en la piel de un guerrero, de un policía que debe resolver un complejo caso o conducir un coche con forma de bala, como en Mario Kart, compartiendo además un momento de risas con tu familia o tus amigos.
El día que me planteé escribir esta reflexión se me juntaron dos cosas. La primera, que había visto una película que, en verdad, he visto muchas veces y que es de esas que te sacan tanto risotadas como lagrimones —luego explicaré cuál es—. La segunda, terminé de jugar un videojuego que fue emocionalmente demoledor y, además, me paré a buscar análisis sobre él, cosa que me llevó a descubrir una comunidad entera de personas que, después de jugarlo hace ya unos años, quedó bastante conmocionada por su historia. A partir de ese momento empecé a darle vueltas a todo esto. Me maravilló pensar en el poder de las historias bien contadas y en el impacto que pueden tener en nuestras vidas, especialmente cuando el momento en que las vivimos coincide con nuestra propia situación personal.
Retornando un poco a ese día que os comentaba… La película de la que hablaba se titula en España “Una pareja de tres” y está protagonizada por Owen Wilson, Jennifer Aniston y un precioso perrito Golden. Esta cinta relata la historia de una pareja que ya lleva unos cuantos años de recorrido. Ella quiere plantearse tener hijos, pero a él no le parece todavía el momento, así que, siguiendo el consejo de un amigo, adoptan un cachorrito. Se trata de una comedia, pero curiosamente es una película que sabe provocarte las mejores carcajadas y también llevarte hasta un mar de lágrimas. ¿Por qué? Porque ves a los protagonistas crecer junto a su compañero peludo. Los ves en sus mejores momentos y en los peores; los ves avanzar personal y laboralmente, y cómo con los años su familia finalmente crece también. Y así, la historia te lleva hasta el final de la vida de ese perrito que los acompañó durante todo el trayecto. Una película maravillosa que, sin duda, os recomiendo.
El otro ejemplo que os ponía, y que alguno al que le guste el mundillo puede que conozca, es un videojuego llamado “Life is Strange”, desarrollado por Dontnod Entertainment. La premisa es simple al inicio: tu protagonista es una chica un poco introvertida llamada Max, que de pronto descubre que tiene la capacidad de retroceder unos minutos en el tiempo, habilidad que la lleva a salvarle la vida a una amiga de la infancia. Reencuentros, volver a conectar, acoso escolar, suicidio, una desaparición que abre puertas muy oscuras… y la inagotable sed del destino, que quiere cobrar la vida de esa persona que debió morir, obligándote a salvarla una y otra vez. Pero, buscando todavía más complejidad, también descubriremos las consecuencias de mover el tiempo a nuestro antojo, incluso cuando la intención es buena. De nuevo, no dejaré de recomendarlo, porque es demoledoramente bueno.
Esto me llevó precisamente a este sentimiento: lo importante son las historias y, además, todo lo que podemos llegar a aprender gracias a ellas cuando se utilizan bien, igual que ocurre con cualquier otra forma de arte.
¿Qué los videojuegos no nos enseñan nada? Mi hermano afiló su inglés a base de jugar títulos sin traducir o partidas en línea con personas de otros países. ¿Qué no aportan nada positivo y solo fomentan la violencia? Mejorar los reflejos, desarrollar la estrategia, aprender sobre historia o mitología, reforzar la creatividad, ayudar a socializar o simplemente ofrecer un espacio en el que desconectar son solo algunos ejemplos de lo que pueden aportar. Y, aunque no todos los videojuegos aportan las mismas cosas, negar que pueden hacerlo me parece injusto, tanto como afirmar que todos los libros enseñan algo valioso.
Al final, quizá la cuestión no sea si los videojuegos son arte o no. Quizá la verdadera pregunta sea por qué seguimos poniendo en duda un medio capaz de emocionarnos, hacernos reflexionar, enseñarnos cosas nuevas y acompañarnos en determinados momentos de nuestra vida. Porque, cuando una historia consigue quedarse con nosotros mucho tiempo después de haberla terminado, poco importa si llegó a través de las páginas de un libro, de una pantalla de cine o de un mando entre las manos

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