La caja de música
“Os voy a contar” Abril 04, 2016
Durante muchos años hubo algo que estuvo abordando mis sueños de infancia. Había una melodía que resonaba en un pequeño rincón de mi subconsciente, y era cómo un eco interminable de una belleza que soy incapaz de describir. Se trataba de una de esas melodías que en momentos tristes puede robarte una sonrisa, y que, por el contrario, en momentos alegres podría arrancarte desde la más amarga, hasta la más dulce de las lágrimas.
Puedo recordar que, al dormirme muchas noches, abría los ojos de nuevo en mi habitación, pero había algo diferente. Encontraba tras la pared una puerta que al abrirla me llevaba a una modesta estancia. Era un lugar muy agradable, cálido y lleno de objetos fantásticos que llamaban sin remedio mi atención. Hermosos cuadros colgaban de las paredes, figuras talladas en madera repartidas por el lugar, y una enorme estantería repleta de libros ordenados a la perfección se extendía a lo largo. Pero para mí, todo aquello se hacía completamente invisible en cuanto empezaba a sonar la música. Ni el más curioso de esos objetos podía resultarme tan hipnótico como ese sonido.
Entonces, atravesaba la habitación hasta llegar al origen de la luz que la iluminaba, esa encantadora lámpara esculpida en piedra negra. Desprendía una lumbre tenue, que alcanzaba cada rincon del lugar. A su lado, había un baúl de madera muy oscura, con bonitos relieves grabados en él. Levantaba su tapa, para descubrir dos preciosas muñecas. La primera llamada Lupita, que era negrita, con una cara redonda, y unos ojos inmensos de color miel que transmitían pura dulzora; la segunda, Margarita, que parecía ser su hermana gemela. A su lado había tres libros colocados cuidadosamente, los tres muy semejantes, aunque de colores diferentes, uno rojo, otro azul y el último de un tono verde. Cogía debajo de ellos una curiosa llave, e iba de vuelta a la estantería.
En la parte más alta, entre unas pequeñitas estatuillas de porcelana blanca, se encontraba un joyero de plata. Es curioso, porque no en todos mis sueños estaba allí puesta, por lo que a veces me preguntaba si en mi ausencia alguien la movía. Recuerdo que, para alcanzar el punto más alto, tenía que ayudarme con una silla, porque yo era tan pequeña que no era capaz de llegar tan arriba.
Una vez alcanzaba el joyero, lo llevaba hasta el baúl ya cerrado, para quedarme a contemplarlo un ratito antes de abrirlo. Dentro, había todo tipo de joyas, pulseras, colgantes, pendientes… Y ahí estaba ella, en una esquina. Era una pequeña cajita de madera, con esquinas y cerradura de oro blanco. Cuando reunía el valor necesario, metía la llave y tras girarla tres veces, la cajita empezaba a abrirse. A medida que lo hacía, en su interior, una pareja de enamorados se alzaba, dando vueltas al son de la suave música.
En cuanto empezaba a escuchar aquello, todo cambiaba, todo desaparecía. Podía visualizar cualquier tipo de paisaje acorde con la melodía. Mi favorito era un lago. La luna llena iluminando los sauces llorones alrededor. Y, mientras aquel sonido inundaba el lugar, junto a los sauces la pareja seguía bailando, y yo me limitaba a obserbarlos desde la orilla.
Mil paisajes como ese podían rondarme la mente, o podía imaginarme junto a alguien que ya no estuviese, alguien que echara de menos…
Mil paisajes como ese podían rondarme la mente, o podía imaginarme junto a alguien que ya no estuviese, alguien que echara de menos…
Pero el final siempre era el mismo. Me despertaba y recordaba lo que había soñado, pero había algo que no podía evitar echar en falta. Esa envolvente música, no podía reproducirla en mi cabeza. Es curioso, no solía importarme olvidar la melodía de mi cajita, a pesar de extrañarla, porque sabía que tarde o temprano volvería a soñar con ella. Pero, un día, esto cambió.
Cuando me di cuenta, había dejado de tener aquel sueño. Y, aunque a lo largo de mi vida he oído infinidad de canciones, ninguna ha podido llenar ese vacío que permanece aún en mi recuerdo. Mi melodía siempre fue única y ninguna otra podría reemplazarla.
Aún recuerdo aquella habitación con nostalgia, y a veces pienso en cómo sería estar allí de verdad. Me pregunto cómo sería leer los libros de la estantería, jugar con Lupita y Margarita, curiosear el baúl bajo la tenue luz de la lámpara negra. Pero, sobre todo, volver a oír esa canción e imaginar a la pareja de enamorados bailando en el lago de los sauces llorones. Sí, ojala poder vivirlo una vez más.

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